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Sin mover los labios

Carlos es un fracasado sin remedio, que fue obligado desde la infancia a participar como ventrílocuo en shows televisivos en los que siempre salió perdedor. Ahora tiene 45 años, un trabajo que lo hace infeliz, una novia a la que trata con frialdad y una dependencia enfermiza de su mamá. Pero lo peor es que sigue siendo ventrílocuo. Cuando su mamá muere repentinamente, parece abrirse ante él la posibilidad de un nuevo comienzo. El show que hace para recrear la relación entre los dos, lo devuelve, sin embargo, a los brazos de la madre ahora convertida en un muñeco. La historia de Carlos es la parábola de un descenso y una degradación contada en clave de comedia negra. Un tono sostenido de malestar y misantropía, perversión y sadismo, recorre toda la película. El blanco y negro, interrumpido por el color de un melodrama televisivo, es otra mueca irónica a los hechos y personajes. Carlos Osuna consolida en su segundo largo un estilo capaz de observar con ojo travieso esa vulgaridad que también somos.

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